Abrí mi restaurante con toda la ilusión del mundo. Era mi primer proyecto grande, mi sueño desde siempre, y quería que todo saliera bien porque me hacía muchísima ilusión. Quería un restaurante italiano en pleno centro de Alicante, en una calle que siempre me había encantado por el ambiente, el movimiento, el encanto antiguo de sus edificios.
El local estaba en el bajo de uno de esos edificios que ves y te enamoras nada más verlo. Pero no sabía entonces todo lo que vendría después.
Los primeros meses y las primeras señales
Los primeros meses fueron horribles, de verdad, no exagero. Estaba cansada, pero también entusiasmada. Me había lanzado con una carta clásica italiana: pastas frescas, risottos, antipasti y algunos platos que intentaban salirse un poco de lo típico. No era una zona con mucha competencia directa, y pensé que eso jugaría a mi favor.
Pero, poco a poco, empecé a notar cosas raras. El agua del grifo salía con un olor raro. No siempre, pero sí algunas veces. El sistema eléctrico fallaba. De pronto se iba la luz en mitad del servicio. Algunas lámparas hacían cortocircuito. Y, sobre todo, el tema de los desagües empezó a volverse insoportable: se atascaban con facilidad y, cada vez que pasaba eso, había que cerrar el baño del local y rezar para que no llegara un mal comentario en Google.
No fue solo eso: el local tenía goteras cuando llovía fuerte, y se notaba que las paredes absorbían humedad. Y, mientras tanto, el restaurante no terminaba de despegar. Teníamos clientela, pero no la suficiente como para sentir que todo ese esfuerzo merecía la pena a largo plazo.
Darse cuenta de que así no se puede seguir
Durante meses intenté hacer pequeños arreglos. Llamaba a un electricista por un lado, a un fontanero por otro, pintaba paredes, cambiaba la decoración, modificaba la carta… pero nada de eso solucionaba los verdaderos problemas, cada semana había una nueva sorpresa.
Una noche, después de una jornada especialmente caótica, me senté sola en una de las mesas y empecé a echar cuentas. Con todo lo que se estaba yendo en reparaciones y con lo poco que estaba entrando, iba camino de perder mucho más si seguía forzando algo que claramente no estaba funcionando.
Fue en ese momento cuando decidí que había que parar
Cerrar no me hacía ninguna gracia, pero seguir así tampoco. Me tomé un par de días para pensarlo con calma y decidí que, si el local tenía tanto problema estructural, había que hacer una reforma seria.
Y ya que me ponía, quizás también era el momento de repensar el concepto del restaurante.
Contactar con profesionales que te digan las cosas claras
Me documenté con Fernando Antón, un estudio de arquitectura técnica y reformas integrales de la ciudad, y su equipo me explicó con claridad que, “sin una reforma integral, los sistemas de agua y electricidad obsoletos y el deterioro de la estructura seguirían generando averías y riesgos constantes”. O sea, tenía que hacer algo sí o sí.
Contraté a unos profesionales muy buenos y ellos vinieron a ver el sitio
En poco rato, ya me estaban explicando algunas cosas que me hicieron entender mejor el origen de tantos problemas.
Para empezar, el edificio tenía más de 80 años. Era de los que se construyeron con materiales que hoy ya están desfasados. Me hablaron de la mala calidad de las conducciones de agua, de cómo los sistemas eléctricos de esa época no aguantaban la carga de los aparatos modernos, y sobre todo, de los riesgos de no hacer una reforma completa. Me advirtieron que los parches no servían. Que lo que tenía entre manos era un local en malas condiciones que solo funcionaría bien si se ponía al día de arriba abajo.
Me dolió escuchar todo eso, porque sabía que iba a ser caro, pero también me tranquilizó saber exactamente qué pasaba. Por primera vez en meses, sentí que estaba tomando el control.
Apostar por un nuevo comienzo
Durante ese proceso de reflexión, me di cuenta de algo más: no solo tenía que cambiar el local, también el concepto. La gastronomía italiana me encanta, pero en ese momento ya había muchos restaurantes parecidos y me costaba destacar.
Empecé a fijarme en lo que estaba funcionando en la ciudad. Noté que cada vez había más interés por la comida japonesa, sobre todo por las propuestas que iban más allá del sushi de supermercado. Y ahí lo vi claro.
Decidí que el nuevo restaurante sería japonés, pero no uno más. Quería que todo el ambiente acompañara, que al entrar, la gente sintiera que estaba en un sitio distinto. No se trataba de montar un lugar “temático” en el sentido barato, sino de ofrecer una experiencia más coherente. Cocina japonesa auténtica, decoración inspirada en izakayas, iluminación suave, madera natural, mesas compartidas… El tipo de sitio al que a mí me gustaría ir.
La reforma
No voy a mentir, una reforma integral es dura. Hay que tomar decisiones constantemente, aguantar retrasos, imprevistos, presupuestos que se disparan.
Tuvimos que renovar todas las instalaciones de agua, porque las antiguas no solo eran viejas, sino que ya tenían fugas por dentro de las paredes. También se rehízo el sistema eléctrico, que no cumplía con la normativa actual. Aislaron paredes para evitar problemas de humedad, cambiaron suelos, se rehizo toda la cocina de cero con distribución nueva y equipamiento moderno.
El baño fue otro tema. Había que adaptarlo a la accesibilidad, y eso obligaba a modificar parte de la estructura. Me explicaron que no es lo mismo hacer una reforma en un bajo de un edificio de nueva construcción que en uno antiguo: hay que respetar ciertas limitaciones, reforzar otras, y tener mucho cuidado con cómo afectan los trabajos al resto del edificio.
A la vez que avanzaba la obra, yo iba pensando en la carta, haciendo pruebas, contactando con proveedores, aprendiendo más sobre cocina japonesa. Fue como montar un nuevo restaurante desde cero, pero con la ventaja de haber aprendido ya muchas cosas por las malas.
Cuando empieza a tomar forma
Poco a poco, el nuevo restaurante fue tomando forma. Empezamos a recibir las mesas, los paneles de madera, los elementos decorativos. La iluminación era clave, así que le dediqué bastante tiempo a elegir las lámparas adecuadas. No quería luces frías ni demasiado potentes, sino algo cálido, que ayudara a crear ese ambiente tranquilo que buscaba desde el principio.
Probamos la distribución varias veces hasta dar con una que permitiera tener una buena capacidad sin que se sintiera abarrotado. La cocina quedó abierta, porque quería que se viera cómo se trabajaba. Todo estaba pensado para que el sitio transmitiera calma, orden y un poco de sorpresa. Incluso los pequeños detalles, como la vajilla o la música ambiental, los revisé con cuidado para que todo tuviera sentido.
Fueron semanas muy intensas, pero también muy motivadoras. Esta vez sentía que todo encajaba. Que no estaba tapando agujeros, sino construyendo algo sólido, bien hecho y con futuro. Cada decisión que tomaba tenía una razón y una intención, y esa sensación de control, después de tanto caos, fue lo que me mantuvo firme hasta el final de la obra.
Lo que aprendí de todo esto
Mucha gente me pregunta si me arrepiento de haber abierto primero el restaurante italiano, y la verdad es que no, porque, aunque fue muy duro, gracias a todo eso entendí qué tipo de negocio quería tener. Cometí errores, sí, pero fueron los que me hicieron ver que no se trata solo de cocinar bien o decorar bonito, sino de que todo funcione como un conjunto.
Aprendí que no se puede improvisar con ciertos temas. Que el estado del local es más importante de lo que parece. Que un edificio bonito y antiguo puede esconder muchos problemas si no se ha cuidado bien. Y que hacer una reforma integral puede dar miedo, pero también te libera. Porque sabes que, a partir de ahí, todo lo que montes tiene una base firme. Tener un local en condiciones no es lujo, es necesidad.
También entendí que hay que escuchar más. Al público, a los profesionales, y a uno mismo. Me costó aceptar que el restaurante no funcionaba, pero cuando lo hice, todo empezó a mejorar. A veces seguir adelante no es cuestión de resistir, sino de parar, mirar lo que está fallando, y empezar desde otro lugar, con más experiencia y más claridad.
Ahora que está abierto otra vez
Abrimos de nuevo hace unos meses y la respuesta ha sido mucho mejor de lo que esperaba. No te voy a decir que es un éxito rotundo ni que está todo hecho. Pero la gente entra, se queda, repite. Y eso me basta para sentir que vamos por buen camino.
Ahora tengo un sitio que me representa, que me gusta y que no se cae a pedazos. Y cada día que abro la puerta y veo cómo la gente disfruta, sé que aquella decisión difícil de cerrar fue la más valiente y también la más acertada.