Decimos que guardamos una foto «en la nube», que hacemos una copia de seguridad «en la nube» o que vemos una serie desde «la nube», como si nuestros archivos desaparecieran del teléfono y pasaran a algún lugar indefinido de Internet. Pero detrás de esa palabra tan abstracta hay algo bastante más tangible: ordenadores, discos, servidores y enormes instalaciones que necesitan electricidad y sistemas de refrigeración para funcionar continuamente.
Cada vez que enviamos una foto, guardamos un documento, vemos un vídeo en streaming o utilizamos un servicio de inteligencia artificial, nuestros datos terminan almacenados o procesados en alguno de los centros de datos que forman parte de esa infraestructura. Son edificios diseñados para mantener miles —y en algunos casos cientos de miles— de equipos funcionando de manera ininterrumpida. Y esos equipos generan calor.
Ahí aparece una parte menos conocida de la historia. Mantener refrigerados los servidores puede requerir cantidades importantes de agua, especialmente en determinados sistemas de refrigeración y en zonas donde las temperaturas son elevadas. No significa que cada fotografía que subimos consuma directamente una cantidad concreta de litros de agua, porque el consumo depende del tipo de instalación, su sistema de refrigeración, la ubicación y la fuente de energía utilizada. Pero, a escala de millones de usuarios y miles de servidores trabajando constantemente, el impacto acumulado deja de ser anecdótico.
Por eso, hablar del consumo de agua de la nube no consiste en decir que «Internet gasta agua» de forma genérica. Se trata de entender la infraestructura física que hace posible que todo aquello que percibimos como un servicio digital siga funcionando. Y a medida que crecen el streaming, el almacenamiento online y, especialmente, la inteligencia artificial, también crece la atención sobre los recursos que necesitan esos centros de datos para mantenerse operativos.
Qué es exactamente un centro de datos
Un centro de datos, o data center, es una instalación diseñada específicamente para albergar miles de servidores, los ordenadores especializados que procesan y almacenan la información de empresas, administraciones y usuarios particulares de todo el mundo. Dentro de estas instalaciones, los equipos no se colocan de cualquier manera: se organizan en armarios rack, estructuras metálicas normalizadas pensadas precisamente para eso.
Como explican los expertos de SIG, los armarios rack para servidores —también conocidos simplemente como racks o gabinetes rack— son estructuras diseñadas para albergar y organizar equipos de tecnología de la información y comunicación, como servidores, switches de red, unidades de distribución de energía (PDUs), sistemas de almacenamiento de datos y otros dispositivos relacionados. Gracias a este tipo de estructuras, un centro de datos puede concentrar miles de equipos en un espacio relativamente reducido, manteniendo organizado tanto el cableado como la refrigeración, aspectos absolutamente críticos para que todo funcione sin interrupciones.
Cada rack, a su vez, forma parte de una sala mucho más grande, climatizada con precisión milimétrica, protegida frente a cortes de suministro eléctrico mediante sistemas de alimentación ininterrumpida, y vigilada las 24 horas del día. Multiplicar esa unidad básica por cientos o miles de racks es, en esencia, lo que da forma a un centro de datos moderno, y multiplicar esos centros de datos por todo el planeta es lo que constituye, físicamente, «la nube».
Por qué estos centros consumen tanta electricidad (y tanta agua)
Los servidores generan una enorme cantidad de calor mientras procesan información, y ese calor debe evacuarse constantemente para evitar que los equipos fallen. Aquí es donde entra en juego el consumo de agua: la refrigeración sigue siendo, hoy en día, uno de los métodos más eficaces para mantener la temperatura de estas instalaciones dentro de márgenes seguros, ya sea mediante torres de refrigeración que se evaporan agua para disipar calor, o de forma indirecta, a través del agua que se necesita para generar la electricidad que alimenta todo el sistema.
La magnitud de este consumo ha empezado a preocupar a nivel global. Según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos de todo el mundo consumieron alrededor de 560.000 millones de litros de agua en 2023, una cifra que la propia agencia proyecta que podría llegar a los 1,2 billones de litros en 2030 a medida que crece la demanda de computación, especialmente la asociada a la inteligencia artificial. De ese total, la mayor parte no corresponde al agua usada directamente para refrigerar los servidores, sino al agua consumida de forma indirecta en las centrales eléctricas que generan la electricidad que estos centros necesitan para funcionar.
Este dato explica por qué el debate sobre el consumo hídrico de los centros de datos ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en un tema de preocupación pública y política, especialmente en regiones donde el agua ya es un recurso escaso o donde la llegada de nuevos centros de datos compite directamente con el consumo doméstico y agrícola de la zona.
España, en el centro del debate
España no es ajena a esta tendencia. La Comunidad de Madrid, por ejemplo, se ha convertido en uno de los principales hubs de centros de datos de Europa, con decenas de instalaciones en funcionamiento y varias más en construcción, atraídas en parte por la disponibilidad de suelo, conexión eléctrica y proximidad a los grandes puntos de interconexión de internet. Ese crecimiento acelerado ha generado también denuncias, en distintos puntos del país, sobre la falta de transparencia respecto al agua realmente consumida por estas instalaciones, lo que ha llevado al Gobierno a mover ficha.
El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico tiene actualmente en tramitación un proyecto de real decreto que obligará a los operadores de centros de datos con una potencia superior a 500 kilovatios a reportar de forma periódica su consumo de agua, distinguiendo además cuánta de esa agua procede de la red de abastecimiento potable. La norma española transpone así una directiva europea de eficiencia energética que ya obliga a este tipo de reporte a escala comunitaria, y se enmarca dentro de un proceso más amplio con el que la Unión Europea busca establecer, mediante un reglamento cuya entrada en vigor está prevista para 2027, un sistema de etiquetado de eficiencia energética e hídrica específico para centros de datos, similar en espíritu al que ya existe para electrodomésticos.
Esta obligación de transparencia responde a un indicador técnico cada vez más citado en el sector: el WUE (Water Usage Effectiveness), que mide cuántos litros de agua se consumen por cada kilovatio-hora de electricidad utilizado por los equipos informáticos. Según datos recopilados a nivel europeo, el WUE medio de los centros de datos en la Unión Europea se sitúa en torno a los 0,58 litros por kilovatio-hora, aunque con diferencias notables entre países, en función del clima local, del tamaño de las instalaciones y de la tecnología de refrigeración empleada.
Cómo se está intentando reducir ese consumo
El problema del agua no ha pasado desapercibido para las empresas tecnológicas, especialmente ahora que la expansión de los centros de datos está obligando a replantear cuánto cuesta, también en términos ambientales, mantener toda esa infraestructura funcionando. No existe una única solución, pero sí diferentes estrategias que buscan reducir el agua necesaria para controlar la temperatura de los servidores:
Refrigeración líquida directa al chip o por inmersión. En los sistemas tradicionales, gran parte del trabajo consiste en mantener fría la temperatura del aire que rodea a los servidores. La refrigeración líquida cambia el planteamiento: el líquido se lleva mucho más cerca de los componentes que generan calor, como los procesadores, y en los sistemas por inmersión llega incluso a rodear directamente determinados equipos. Esto permite disipar el calor de una manera mucho más eficiente y puede reducir la necesidad de recurrir a sistemas evaporativos.
Sistemas de circuito cerrado. Otra opción consiste en reutilizar continuamente el mismo líquido refrigerante. En lugar de consumir agua y perder una parte importante de ella durante el proceso de evaporación, un circuito cerrado hace circular el líquido entre los componentes y el sistema encargado de expulsar el calor. De esta manera, el agua no tiene que reponerse constantemente, aunque estos sistemas también requieren energía y una infraestructura específica.
Agua no potable o reutilizada. No toda el agua que necesita un centro de datos tiene que proceder de la red de abastecimiento convencional. En determinados proyectos se está recurriendo a agua regenerada, reciclada, de lluvia o de otras fuentes que no son adecuadas para el consumo humano, siempre que sus características permitan utilizarla en los sistemas de refrigeración. Es una forma de reducir la presión sobre los recursos de agua potable, especialmente importante en regiones con problemas de abastecimiento.
Elegir mejor dónde construir. La ubicación también importa mucho más de lo que puede parecer. Un centro de datos situado en una zona fría puede necesitar menos refrigeración que otro construido en un clima muy cálido. Y no basta con mirar únicamente la temperatura: también hay que tener en cuenta la disponibilidad de agua y el estrés hídrico de la zona. Por eso, el lugar donde se instala un centro de datos se está convirtiendo en una decisión ambiental además de económica y tecnológica.
Mejorar la eficiencia de los propios servidores. Reducir el consumo de agua también pasa por conseguir que los equipos necesiten menos refrigeración. Procesadores más eficientes, una mejor distribución de los servidores y sistemas capaces de ajustar la refrigeración según la carga de trabajo pueden evitar que se utilice más energía y agua de la necesaria. En otras palabras, no todo consiste en buscar una forma distinta de enfriar: también se trata de generar menos calor desde el principio.
Un problema que va a más, no a menos
El crecimiento explosivo de la inteligencia artificial en los últimos años ha disparado la demanda de capacidad de computación, y con ella, la necesidad de nuevos centros de datos y, por extensión, de más agua y más electricidad para hacerlos funcionar. Esta tendencia obliga a repensar algo que hasta hace poco pasaba completamente desapercibido para el usuario medio: cada búsqueda, cada foto guardada en la nube, cada consulta a un asistente de inteligencia artificial tiene, en algún lugar del mundo, una huella física muy real, hecha de servidores organizados en racks, salas refrigeradas y, cada vez con más frecuencia, de agua que se evapora para que todo eso siga funcionando sin interrupción.
Entender esta infraestructura invisible —esos armarios metálicos llenos de cableado organizado, esas salas refrigeradas día y noche, ese consumo de agua que empieza por fin a medirse y regularse con seriedad— es el primer paso para que la conversación sobre la digitalización y la inteligencia artificial deje de hablar solo de datos e inteligencia, y empiece a hablar también, con la misma seriedad, de los recursos físicos y naturales que hacen posible que la nube, en realidad tan terrenal, siga funcionando.